sábado, 4 de junio de 2011

Hasta siempre Finlandia

Llegó el momento de poner punto final a este increíble año. En pocas situaciones surgen sentimientos tan fuertes como cuando abandonas un sitio que ha sido tu casa durante nueve meses. Soy incapaz de entender cómo han podido pasar tan rápido si parece que fue ayer cuando aterricé por primera vez en Helsinki. Sin embargo, no siento para nada que haya desaprovechado el tiempo. Al contrario, empiezas a hacer memoria de esto y de aquello y te invade una inmensa tranquilidad. Sólo puedes pensar que te dieron la oportunidad de vivir una experiencia única y que le has sacado el máximo jugo posible, que exprimiste hasta la última gota.

Miras por el retrovisor y no puedes más que sentirte feliz por el año vivido y por todo lo que te ha aportado esta experiencia. Recuerdo aquel día de marzo del año pasado en que llegué a la oficina erasmus de mi facultad y vi en el tablón que el destino erasmus que me habían asignado era Helsinki. Fue totalmente de rebote, no es que no lo hubiera puesto en mi lista de destinos preferentes, es que hasta entonces ni siquiera había reparado en que esa ciudad estuviera en la lista. ¿Helsinki? Por más que pensaba no sabía decir absolutamente nada sobre ella: que era la capital de Finlandia, país del que, por otro lado, tampoco tenía la menor noción. Y hoy puedo decir que he vivido durante un año allí. Un año en el que me he mezclado con sus gentes, he ido a su universidad, he seguido sus costumbres como si fuera uno de ellos y me las he tenido que ver con todas las dificultades que surgen día a día en un país extranjero tan lejano del tuyo.

No haré recuento exhaustivo de cada cosa que me ha marcado durante el año, para eso ha quedado este blog como diario. Pero sí quiero remarcar esas cosas que hace tiempo sólo eran curiosidades o reportajes y que ahora las veo como lo más normal del mundo porque han sido mi día a día. Bañarse en agujeros en el hielo, experimentar en tus carnes lo que son -25ºC, vivir (y sufrir) los dias de 6 horas que con el lento paso de los meses se han transformado en largos días de 20 horas en los que el cielo no llega a perder del todo su tono azul. Ahora puedo decir que me he recorrido de norte a sur ese país que antes era un gran desconocido. Y no sólo Finlandia, sino todos sus alrededores: desde Moscú hasta Estocolmo, desde Estonia hasta el Océano Ártico.

Durante ese tiempo he sentido la compañía de unos amigos con los que he vivido batallitas que podremos contar durante toda nuestra vida. El erasmus como experiencia se acabó, pero ahora queda un futuro muy prometedor de amigos repartidos por toda Europa. El Erasmus Trip Asturias en julio ya está más que cerrado, y no quedará ahí: Martina ya ha ofrecido su casa en los Alpes para pasar allí la próxima nochevieja, Axelle estudiará el año que viene en París y quiere visitas, Andrés hará lo propio en Sicilia...Y así podría tirarme un rato. En nuestras manos está que esto perdure. Ellos son el único hombro que has tenido para apoyarte durante un año, lo cual crea unos lazos muy especiales y auténticos. Hoy, como ya hice anteriormente, merecen un hueco los que se quedaron aquí hasta el final, inmejorables compañeros de viaje.

Guillermín. Un momento: una habitación de hotel en San Petersburgo con Alejandro en la que fue imposible dormir tras semejante ataque de risa y otra en Moscú con unos ronquidos que no se sabía de donde venían.
Inesa. Un momento: aquel taxi perdido dando vueltas por Moscú y nuestras horas y horas de aeropuertos.
Sandra, mi compi. Un momento: su mítica calada antes de una clase que nos tenía cagaos, cigarrillo al suelo y decir: Ale, vamos a que nos den por...
Solete.  Un momento: una cervecilla en Wappu junto al muelle o aquel buen 7 en el abrigo por agarrarse al resbalar. La rueda mágica!
Víctor. Un momento: aquella foto que se hizo inconscientemente con el 5 de corazones en la cabaña del hielo y la mano de Dios en nuestra propia área que nos eliminó definitivamente del campeonato.
Alvaro. Un momento: cuando ese hielo hizo crack y salimos por patas, las noches de wingman, o los cien partidos de futbolín que tuvimos que perder hasta hacernos invencibles. Se va a echar de menos tener a estos dos valencianos en la puerta de enfrente.
Andrés. Un momento: imposible! Aquel genial finde en el archipiélago de Turku con su aventura y su desesperación, los cientos de pachangas resacosas los sábados por la mañana, las vueltas en bici por Helsinki o esa fiesta de medicina que nos encontramos sin querer al principio del erasmus.
Una de las cosas más duras fue desmantelar mi habitación. Antes de cerrar la puerta para siempre, te tiras un ratín echando un último vistazo a ese cuarto que ahora queda blanco y vacío. Los recuerdos de lo que ocurrió allí durante todo el año te invaden: la cantidad de gente que ha pasado por él, after-parties, películas, cocinas, desayunos con tostadas, días tiraos de nieve y más nieve, llegar y encontrar la puerta cubierta de post-it y muchos otros buenos momentos. Esa 706 que ha sido la mejor habitación de la residencia con mi ventanita desde la que veía el Báltico y desde la que he visto pasar tres estaciones. Orientación sureste, directa a España.


Hicimos una cena de despedida en un típico buffet finés, con reno, un increíble salmón, étc. Con Andrés, Álvaro, Inés, Sol y Sandra compartí mi última mesa erasmus y luego tomamos una última cerveza en el cuarto de los valencianos. Aunque aguantas el tipo en la despedida, una vez cerré la puerta vino todo en tromba y ese último trayecto nocturno con Anna desde casa hasta la estación de autobuses fue duro. Cuando de verdad te das cuenta de que nunca volverás, de que esta sí es la última vez, afloran los recuerdos en cada rincón que pasas: mi bici, que ahí se quedó para siempre; el edificio B con la sauna y la lavandería; la cuesta junto a Leppäsuonkatu donde me tiré con Andrés, Sol e Inés en trineo cuando llegó la nieve; el Heavy Corner, donde dijiste que pasarías cada noche hasta ser íntimo del camarero y al que finalmente ni siquiera entraste a echar un ojo; el Elmo donde vimos el Barça 5 - Madrid 0; el Mc Donald's 23 horas que de tantos apuros nos salvó; el Lidl donde ya te conoces a cada cajera; la estación de buses de Kamppi a la que siempre llegabas a todo correr y bien cargado para pasar los fines de semana de cabañas; el cine donde al segundo intento conseguimos entradas para Water for elephants subtitulado en sueco y en finés; las noches pasadas en Onella y Tiger, nuestra segunda casa; el carísimo Alko; el Kiasma (museo de arte contemporáneo). Y al final llegas a Rautatientori, esa plaza donde todo empezó aquel 4 de septiembre y todo acabó este 25 de mayo. Marcaba 12ºC por entonces, hoy apenas marca 10. De repente, aparecen a todo correr Inés, Sol y Patri que vienen en taxi para un último adiós. Eso ya fue demasiado. Justo antes de subirme al bus, un inesperado regalo: la tableta de chocolate, que en realidad era The most cheesy memory booklet of all times...Menudo viajecito hasta el aeropuerto.

Puede mirarse este año desde muy diferentes ópticas. Hablando con amigos que lo habían hecho antes, te encontrabas con quien volvía a casa y no levantaba cabeza, quien había tenido la mente más fría y te decía que es algo genial que dura un año y es así como tienes que verlo. Creo que la mejor forma de describirlo es diciendo que es un año irrepetible. La razón es sencilla: en el remoto caso de que vuelva aquí, ya no tendrá nada que ver con el Helsinki que yo conocí. No es la ciudad en sí, eso sólo constituyó el escenario. Son tus amigos venidos de toda Europa, reunidos en un ambiente de universidad, viajes y ganas de apuntarse a cualquier plan...Eso jamás volverá. Lo noté en la gente del primer cuatrimestre que volvían de visita en el segundo. Helsinki les defraudaba, había dejado de ser lo que ellos conocieron. Sólo existe un erasmus, en un lugar, en un tiempo y para una persona concreta y jamás volverá a haber nada igual, es imposible que los factores vuelvan a ser los mismos. Y es precisamente esa singularidad y ese carácter irrepetible lo que lo convierte en el mejor año de tu vida.

Y ahora, de un día para otro, vuelves a casa, a lo de siempre y, como protagonista de una fábula calderoniana, te parece que Helsinki no ha ocurrido nunca. Y si alguna vez lo hizo, parece que fue hace años. Pero en el fondo, es un sueño que ahí queda para siempre, bien adentro e imposible de borrar.


Caminando por la pista del aeropuerto hacia el avión, reina un ambiente frío de ejecutivos con traje y maletín, pero tú rompes el protocolo y no puedes evitar unas lagrimas cuando miras atrás justo antes de entrar en el avión, como queriendo alargar tus últimos instantes en aquel país. Al despegar el pequeño avión, desperté de mi cabezadita y ahí lo contemplé por última vez. Ese paisaje repleto de lagos y bosques que ha sido mi casa durante un año. ¡Hasta siempre Finlandia! Moi moi Suomi!!!!


PD: Habéis sido unos lectores increíbles y muy fieles durante todo el año. Jamás podría haber imaginado el éxito que tendría este blog, que ha llegado a la escalofriante cifra de 20.000 visitas. Escribirlo ha sido para mí uno de los mayores placeres de este año y ha sido vuestro seguimiento el que me ha motivado a dedicarle tantas horas y ganas. Muchísimas gracias a todos.

lunes, 23 de mayo de 2011

Recta final

A estas alturas del erasmus el cansancio es bastante acusado y tengo que confesar que he sentado un poco la cabeza, llevando un ritmo mucho más tranquilo. Os empezaré hablando del nuevo equipo de futbol. No os ríais antes de tiempo! El tercer intento del Erasmus-team fue mucho más exitoso esta vez. Fichamos a todos los alemanes que pillamos por banda, desde el gigante Jonas en la portería, hasta Chris y Dominic, media punta y delantero que agujerearon las porterías rivales. Atrás quedamos los españoles para repartir y romper las tibias de quienes se acercaran a nuestra portería. Esta escuadra hispano-germana, de la que fui estratega principal (1-3-2-1, con laterales muy activos pero manteniendo siempre una férrea línea defensiva), arrasó en la liguilla de clasificación, donde ganamos los tres partidos por goleada, pero caímos en cuartos por falta de concentración y alguna que otra mano de Dios en nuestra propia área jaja. Nuestro amigo el árbitro la lió como siempre, esta vez poniéndose a hablar por el móvil en medio de un partido

Siguiendo con el fútbol, ahora que se fue la nieve empezó la liga finlandesa. Un día nos animamos a ver un partido del Helsinki, alentados por oír que el gran Jari Litmanen, verdadero ídolo de infancia para muchos de nosotros en su etapa en el Ajax, a sus 40 años aun sigue dando patadas en campos de hierba artificial para apenas 3.000 personas. Cuando fuimos allí, resultó que Litmanen estaba lesionado. Nos quedamos sin ver en vivo a prácticamente el único futbolista conocido que ha dado este país, pero con paciencia nos tragamos aquel partido de cojos contra paralíticos.

Seguiré contando que el día que volví de Estocolmo estaba descansando tranquilamente en mi cuarto con una película y llaman a la puerta...Dicen que mi cara cuando abrí fue para enmarcar. Allí estaba la mismísima Axelle de Laforcade! Que se había plantado en Helsinki por sorpresa para vernos a todos! Me propuse seriamente conseguir que fuera una de las pocas personas, si no la única, que viene a Helsinki después de su erasmus y no se arrepiente de haberlo hecho...Ya explicaré este fenómeno en la próxima entrada. Objetivo conseguido! Justo esa semana nos abrieron la terracita de Unicafe para comer por fin al sol de la tarde.

En Helsinki se armó una gordísima cuando se proclamaron campeones del mundo de hockey hielo, el deporte rey en este país. Y además lo hicieron por goleada y contra su peor enemigo, Suecia, con el que casi siempre pierden. La celebración fue muy comparable a cuando nosotros ganamos el mundial, era imposible caminar por la calle. Os pongo un par de vídeos, el resumen de la final (por si a alguien le interesa el hockey hielo: http://www.youtube.com/watch?v=Dll9THt4Vgs), pero sobre todo el de la llegada del equipo al aeropuerto de Helsinki, no os perdáis el estado en el que llegó el entrenador finés!!! http://www.youtube.com/watch?v=fjpYaBZVyro
Foto de la celebración en Kauppatori
Y con la llegada del fin de cuatrimestre, hemos tenido bastantes fiestas de despedida y demás, entre ellas una fiesta de camisetas blancas que acabaron llenas de dedicatorias y que más tarde apestaban a humo por una hoguera en la playa a la que vinieron la mitad de erasmus de la ciudad. También hubo una gran fiesta en el piso de Linn y Camille en Kontula, que acabó con los erasmus llenando Roska, el antro alternativo con baños forrados de fotos porno, y donde el dueño nos dejó al mando de la música por una noche.
En las camisetas quedaron grabadas las mejores perlitas del erasmus, como los buenos gustos de las ex-novias o los desafíos incumplidos frente a finesas.
Dominic, amigo bávaro e incondicional en todo lo que haya sido fútbol este cuatrimestre
Don't look back in anger es un auténtico himno generacional
Y también merece un hueco el Movimiento 15-M o #Spanishrevolution, que también tuvo su reflejo en Helsinki. Unos 400 manifestantes según los organizadores, apenas 30 según las autoridades oficiales, se concentraron en la plaza de la Catedral Blanca para pedir una democracia real.


Fue una época más casera, de millones de películas, donde las elecciones fueron totalmente bipolares, fruto de dos gustos bastante distintos: Master & Commander vs. Four weddings and a funeral, Cadena perpetua vs. Along came Polly, Indiana Jones vs. El diario de Noa, Matchpoint vs. The Holiday, Braveheart vs. Vicky Cristina Barcelona, El truco final, Robin Hood de Disney, Into the wild. Por fortuna no llegué al punto de aceptar Sense and Sensibility y también hubo sugerencias curiosas ("Zombieland"...Jajajaja what??? Are you kidding? I'm not going to watch a movie called Zombieland!!!), ir al cine por primera vez con los subtítulos en finés y sueco a ver Agua para elefantes (es fácil adivinar quién eligió ésta). Algunas cenas de curry tan insoportablemente picantes que había que tomar agua con cada bocado que te llevabas a la boca. Tras un fallido intento de ir a la Rock Church, que estaba cerrada por obras, pasamos una tarde en Seurasaari (la isla de las ardillas), que encontramos gracias a la ayuda de una encantadora abuelita en el tranvía que se desvivió por explicarnos cinco veces cómo llegar hasta allí.

Si tengo que elegir mi favorita, fue una tarde en la que nos lanzamos a conocer esa antigua parte industrial de Helsinki ahora reconvertida en un barrio moderno de capital europea y encontramos por fin ese misterioso OVNI (el primero que lo vea gana una cena en Hessburger!) y la ya mítica fábrica con su chimenea. Ruoholahti: Una zona ecléctica donde se mezclaban viejas fábricas transformadas en centros culturales, muelles industriales donde las grúas aún llenaban con carbón las bodegas de los barcos, edificios acristalados de oficinas...Una vez llegamos al mar, todos aquellos edificios dieron paso a un nuevo Helsinki residencial de terrazas y ventanales amplios que se asomaban a un canal con pequeñas embarcaciones amarradas y fineses probando suerte con la caña de pescar. Encontrarse con una zona tan novedosa a estas alturas, cuando ya pensaba que lo conocía todo en esta ciudad fue verdaderamente refrescante. Luego pasamos por el Design District, descubrimos otro parque nuevo y atacamos la cena que gané en aquella apuesta. Una tarde para recordar.

Desde que llegó el buen tiempo, la azotea de Domus Academica era el lugar perfecto donde subir con unas cervezas y descansar al sol de la tarde, siempre lleno de chicas en tirantes intentando apropiarse de algún que otro rayo para ponerse morenas. La pereza hizo que sólo subiera una vez y allí, tumbados con una cerveza cada uno, vimos pasar un avión tras otro en el cielo y jugamos a adivinar a dónde se dirigían, de dónde venían, quién iba dentro de cada uno de ellos...
A veces las nubes se transformaban en gatos que jugaban con el sol como si se tratase de un ovillo.
Todos estos planes se nos dieron muy bien a Anna y a mí, no ocurrió lo mismo con el tema del estudio, desistiendo al final en nuestros intentos de ser study-buddies. Tomar el sol en mi ventana escuchando la guitarra de Vicente Amigo o dormir la siesta era más tentador que escribir 100% bullshit en ensayos para Massimo o para aquel curso de European Private Law.

Fueron buenos tiempos, de café y de descubrir el té de vainilla, de vivir entre la 307 y la 706, de palomitas de maíz hechas en la sartén, de buscar un cardigan negro por todo Helsinki, de H&M Home y aquellos malditos platos de flores, de cafeterías elegantes en el centro, de tener el eterno recado de pasar por el Kiasma para intentar conseguir un póster, de alguien que siempre bajaba al supermercado justo detrás de Domus para comprar el desayuno...


El apartado despedida y mis reflexiones tras este año erasmus las dejaré para la última entrada. Ya tengo los papeleos terminados, el equipaje medio hecho...Podéis haceros una idea de lo imposible que es reunir todo lo que has usado durante un año en dos maletas y 28 kilos. Mi cuarto empieza a estar vacío y ya carece de cualquier toque personal. Ayer mi vecino Eric, de Hong-Kong, se despidió de mi con lágrimas. Hoy es mi última noche y la pasaremos tomando unas cervezas en Molly Malone's. Es difícil hacerse a la idea, pero esto se acaba mañana. Prometo contároslo.


Suena...Fix you o Back in your head, by Tegan and Sara, dos de las pocas canciones que me gustaban de todo lo que salía de aquel iBook blanco.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Stockholm

Bien me dijeron hace poco que cuando uno viaja solo, la necesidad de contar su viaje es mayor. Por un lado, tiene una gran ventaja: La libertad de decisión es total. Pero, a su vez, arrecia con fuerza esa humana necesidad de compartir lo que se está viviendo. No lo digo tanto en el sentido de extrañar compañía o conversación, sino en el de tener una simple mirada de complicidad con tu acompañante y saber que a él también se le están moviendo las tripas con lo que está viendo. Eso es lo que necesitaba: compartir este viaje, que lo mucho que vi en Estocolmo no se quedara dentro. Necesitaba escribir este blog más que ningún otro.

Estocolmo es una ciudad heterogénea, con un poco de acá y de allá, donde a cada barrio de la ciudad intentas encontrarle el parecido con algo que hayas visto antes. Sin embargo, no acabas de ser capaz, en cada lugar hay una seña de identidad propia que te destruye la comparación. Estocolmo consigue que esa amalgama de arquitecturas, urbanismos y ambientes sea un todo que no desentona. Defiende y luce con igual orgullo cada uno de sus barrios, desde sus palacios reales hasta las calles sucias con paredes cubiertas de carteles a medio arrancar que anuncian conciertos de efímeros grupos locales. El Gamla Stan, la ciudad vieja, es alemana, vikinga, parecida a Tallin. Cuando ves sus palacios, iglesias y edificios dignos de una ciudad imperial, sientes que estás paseando por Viena. La ciudad en sí, situada sobre catorce islas entre el lago Mälaren y el Báltico, tiene aires de una ciudad de canales, pero sin que le acabes de encontrar parecido con Venecia, sino más bien a los puentes que cruzan el Senna en París. Su ensanche, de manzanas cuadradas donde se mezclan las tiendas de alta costura con locales bohemios y tiendas de diseño, es Barcelona en estado puro. A su vez, los enormes parques son de corte británico. Y así podrías pasar horas y horas...

Todos los que habían ido volvían diciendo que era increíble, una de las ciudades más bonitas que habían visto. Sin embargo, cuando preguntaba el por qué, sólo daban respuestas vagas: “Por todo tío, por todo”. Cuando he tenido que escribir esto, me ha pasado algo parecido. No sé qué tiene exactamente, pero algo hay allí que te engancha.

Aterricé en Arlanda a las siete de la mañana, dejé el equipaje en el albergue y a patear! Mi primer destino era la ciudad vieja. Tengo grabado el momento en el que giré la última calle del Norrmalm y tuve frente a mí los canales, el Ayuntamiento, el Parlamento y el Palacio Real...Entendí de un simple vistazo la buena fama que tiene la ciudad y comprobé que no había mejor forma de describirla que aquel “Por todo tío, por todo”.

El Gamla Stan es la pequeña isla donde se conserva el casco viejo de Estocolmo. Fueron los inicios de una ciudad nacida en torno al S.XIII que más tarde se fue expandiendo por las islas que la rodeaban. Allí están las calles estrechas y adoquinadas, pero también los edificios que reflejan el poder que tuvo entre los siglos XVII y XVIII, siendo la gran metrópolis y centro de poder de Escandinavia. Bullicio en las calles, terrazas, tiendas de souvenirs...Caminé por él hasta que esos adoquines me destrozaron los pies.
El Palacio Real
Parlamento de Suecia
Plaza Mayor
Catedral de Estocolmo

La Academia sueca

Pequeñas plazas que te encuentras caminando por Gamla Stan
San Jorge matando al dragón
La Iglesia alemana
La Casa de la Nobleza
Riddarholmskyrkan, panteón de los reyes suecos desde el siglo XVI
Tras esta intensa mañana, me malimenté a base de galletas con lacasitos y plátanos en un muelle y puse rumbo al Ayuntamiento de ladrillo rojo, famoso por celebrarse allí el banquete de los Premios Nobel. Tras un descanso al sol en el jardín, situado a orillas del canal, decidí subir a la torre. Es uno de los principales símbolos de la ciudad. y desde ella se tiene una de las mejores panorámicas de Estocolmo.
Subiendo a la torre por las estrechas galerías de ladrillo
Gamla Stan y Riddarholmen
Enfrente, el Södermalm

Aun tenía toda la tarde por delante cuando bajé de la torre y caminé hacia el Södermalm, el barrio sur bohemio y vanguardista. El ambiente se concentra en Götgatan, calle donde la gente toma el asfalto y camina sin prisa ni rumbo entre tiendas y artistas callejeros. Entré en una de las mejores tiendas de instrumentos que he visto, donde me entretuve mirando las apiladas colecciones de baterías, guitarras y camisetas. De fondo, un chico probaba una Telecaster a la que le arrancó alguna que otra buena melodía ante la desconfiada mirada del dueño...Siempre será mi guitarra. En la pared, cómo no, un poster firmado dejaba constancia de que The Boss había pasado antes por allí. Los músicos callejeros eran de todas las especies, desde los bien armados con guitarra, micrófono y ampli, hasta este jartu que bajaba la calle rasgueando unos acordes fáciles sin ningún afán recaudatorio.

Fui a dar a una plaza con terrazas abarrotadas de suecos que bebían pintas de cerveza disfrutando del calor. Me senté a tomar un respiro en un banco mientras sacaba planos y guías para decidir dónde ir a continuación. Tenía mis dudas sobre un parque-cementerio que me había recomendado Inés...Otro guitarrista callejero amenizaba la tarde en aquella plaza tocando canciones de Led Zeppelin en versión instrumental. Pronto se le unió una chica que bailaba, o se balanceaba mejor dicho, con los brazos abiertos y mirando al cielo, sintiendo más la iluminación de la marihuana que la de algún dios.

Al ir a comprar la tarjeta de transporte tuve otra de las pruebas de lo monárquicos que son los suecos. Las postales y souvenirs sobre la familia real invaden las tiendas y son primera página de todas las revistas, pero aluciné cuando vi la foto en la tarjeta de transportes! Tras atravesar horas bajas por ciertos líos de faldas que había tenido el Rey en algunos clubes de Estocolmo, la popularidad de la monarquía se disparó con la boda el año pasado de la Princesa Victoria, ya conoceréis la historia. Esa princesa que se enamora de su plebeyo entrenador personal, pero su padre no acepta el matrimonio porque el chico no es de sangre azul...Pero finalmente triunfa el amor étc étc...Seguro que Itallame podrá dejar un comentario con todos los detalles al respecto.
Tarjeta de transporte

Me decidí finalmente a cerrar el día cambiando el ruído de la gente, las guitarras y las vespas decoradas al estilo brit-pop que invadían el Södermalm, por la tranquilidad de Skogskyrkogarden (El Cementerio del Bosque). Pese a ser uno de los tres lugares declarados Patrimonio de la Humanidad con los que cuenta la ciudad, es un sitio apenas concurrido, prácticamente una rareza. Y sólo así se puede disfrutar de un lugar semejante. Refleja a la perfección la visión nórdica de la muerte, o de lo que hay más allá de la muerte quizás. Una visión muy alejada de la nuestra y que definitivamente me encanta, ya que sólo con ella se pueden crear sitios tan idílicos como aquel parque-cementerio. Allí, con el sol de la tarde colándose entre las ramas de los enormes árboles que me escoltaban, tuve uno de los paseos más relajantes y contemplativos de mi vida. Los minutos se fueron volando mientras caminaba solo por aquellos caminos de gravilla, con la única compañía de un enterrador que trabajaba enderezando lápidas torcidas. Sólo los pájaros cometían la osadía de romper el silencio sepulcral que reinaba. Aquella gente verdaderamente descansaba en paz.

Vuelta agotado al hostal, donde compartía habitación con otras trece personas. Eran casi todos asiáticos y tenían unos horarios que dificultaron mucho el entablar relación con ellos. Cuando yo llegaba al hostal, ellos ya se habían ido a dormir y cuando me despertaba por la mañana, a eso de las 8.30-9 ya se habían ido a hacer turismo.


El sábado amaneció mucho más caluroso y salí sin rumbo determinado. Tras caminar por la orilla del Östermalm, fui a dar a una isla-parque gigante a la que también habían ido muchísimos suecos a disfrutar de su fin de semana. Familias enteras con helados, bicis, perros...No dejaba de sorprenderme la cantidad de padres jóvenes que vi.

En esta isla visité el Museo Vasa. (Aviso: si no os interesan los barcos no leáis esto porque me he pasado bastante escribiéndolo). En él se conserva el único barco del S.XVII que ha llegado a nuestros días. Y no se ha pasado estos 350 años guardado en un museo precisamente. Tuvieron que darse una serie de factores muy especiales para que hoy podamos contemplarlo casi en su estado original. El hecho de que se hundiera en las salobres aguas del Báltico hizo que ciertos moluscos propios de aguas saladas no devorasen su madera como termitas. Si ese barco se hubiera hundido en el Cantábrico, hoy sólo quedarían astillas. Además, al hundirse a treinta metros de profundidad, tampoco fue destruido por el hielo.

Cuando Suecia entró en la Guerra de los Treinta Años, el rey ordenó la creación de una flota capitaneada por un barco que debía ser el emblema de Suecia y de la realeza. Ése fue el Vasa. No simplemente un barco, sino un símbolo de ostentosidad que representara el poder de la nación sueca y sus aspiraciones expansionistas, el Titanic de su época. A la estructura normal se le unía un castillo de popa completamente rococó en el que no había un sólo milímetro sin cubrir de esculturas y colores estridentes, haciendo que ahora nos parezca más una carroza del Día del Orgullo que una nave de guerra.

Cuando el barco fue terminado, tuvo que pasar las pruebas de rigor en el astillero para que comprobaran si era apto para navegar o no. Enseguida se dieron cuenta de que no era estable. Faltaba lastre y sobraba altura, el casco debería haber sido más ancho y profundo. Sin embargo, el rey había insistido en tenerlo listo cuanto antes y nadie se atrevió a criticar los problemas de estructura.

Cuando en 1628 salió del puerto y apenas había navegado una milla, una ráfaga de viento hizo que volcara y se hundiera frente a los muelles de Estocolmo. Y allí quedó en el olvido durante nada más y nada menos que tres siglos...

Hasta que en 1950, Anders Franzen, un buscador de naufragios, empezó a investigar sobre la localización del Vasa. Cuando lo encontró, hundido frente a los muelles de Estocolmo, pronto consiguió medios de las autoridades para sacarlo. El barco descansaba a treinta metros de profundidad, enterrado hasta la mitad en el barro. Tras unas alucinantes maniobras submarinas consiguieron sacarlo de una pieza en 1961. El emblema de la flota de Gustavo V volvía a la superficie 333 años después. Tras unos treinta años de punteros trabajos de restauración, se expone tal y como fue en su día, pero sin colorinos. Si os gustan las películas o libros de barcos, ésta es parada obligatoria. Os pongo fotos, aunque fotografiar un barco tan grande fue casi imposible.
Apariencia original de las esculturas que decoraban el castillo de popa
A la salida del museo, me encontré con un acto de lucimiento del ejército sueco con fines de reclutamiento. Niños con bazookas, morteros, metralletas...Me senté en aquel parque a tomar el sol mientras la banda de música tocaba marchas militares. Dormir una siesta al sol disfrutando de un helado. Fue un día más tranquilo.
Mi única foto en Estocolmo
Más tarde, fui a la zona del ensanche, donde me encontré con este genial mercado rehabilitado al estilo Mercado del Este o del Mercado de San Miguel repleto de toda clase de productos suecos. Calles anchas y mercadillos de flores.

Por la tarde tenía dudas sobre ir al Palacio de Dronington, residencia de la familiar real sueca, o seguir pateando la ciudad. Opté por lo segundo, ya he visto suficientes palacios cursis con jardines recargados, Estocolmo me gritaba que siguiera pateando sus calles. 

Viajar sólo es la ocasión perfecta para pillarle el truco a tu cámara de fotos, pudiendo pasarte el tiempo que quieras tirando fotos estúpidas y aprendiendo poco a poco sobre el difícil mundillo de los diafragmas, obturadores, enfoques, ajustes de exposición, étc.

Volví a la Plaza Mayor y me encontré con otro artista callejero, de los mejores que he visto hasta ahora. Me senté en un banco, saqué la libreta verde y, durante media hora, escribí con detalle todo lo que aquella ciudad había despertado en mí. El cantante inundó cada rincón de la plaza con un repertorio más suave que los del día anterior, donde U2 y Damien Rice eran protagonistas. El tipo tenía buenas maneras y había congregado en los bancos de alrededor a unas cuantas grupis que le escuchaban tomando un helado. Para cuando levanté la vista de mi libreta, él ya había guardado su guitarra y fui demasiado tímido para darle en mano las monedas que se merecía. Al irse me echó una mirada fea en la que pude ver claramente que me llamaba "rácano"...Lo siento amigo.

Al final de la tarde quise quitarme una espina clavada. El Södermalm me había sabido a poco, sólo vi una calle que mereciera todos esos piropos de barrio vanguardista que le tiraban las guías, algunas comparándolo con el Barrio Latino de París, así que volví al sur. Tras patearlo de arriba a abajo, tengo que decir que, aunque me gustase y ahora esté adquiriendo mucha fama por ser el sitio donde Stieg Larsson se sentaba a escribir su Millenium, tampoco era para tanto. Faltaba algo de vida en aquellas calles. Eso sí, descubrí una diminuta calle con una pasarela desde la que, nuevamente, se tenía una buena panorámica de Estocolmo, esta vez desde el sur. Me encantó cada detalle de aquel pequeño pasaje, y qué sorpresa la mía cuando tiempo después he descubierto que no he sido el único al que aquello le había llamado la atención, ya que el propio Larsson situó en ella la vivienda de su personaje Mikael Blomkvist, con la taberna The Bishop Arms enfrente. He aquí una foto que, por casualidad, tomé del edificio:

De vuelta al hostal compré el único souvenir que me llevé de Suecia: una bandera de Finlandia, el enemigo, que se noten los colores que uno lleva dentro tras este año. Al irme el domingo, una simpática conversación de despedida con la recepcionista rusa y al aeropuerto. Cogí un avión en el que vi cómo se iban sucediendo las miles de pequeñas islas del archipiélago Åland y me acordé de cuando estuve en una de ellas acampando a la aventura con Andrés, Axelle e Irina allá por octubre Qué lejos queda todo aquello, qué año de increíbles aventuras...Norwegian Airlines, fly me home.


Suena...9 crimes, by Damien Rice, porque aquel cantante de la Plaza Mayor consiguió que se me quedara grabada una tarde entera en la cabeza.